Entre una nube polvorienta de recuerdos, Clarita Cuello descendió del único transporte urbano que llegaba a esa zona rural de la ciudad. Ansiaba conseguir el cargo de maestra y en el portafolio guardaba su diploma. ¡Era su gran oportunidad! ¡Su vida había sido un monte escarpado coronado de ventiscas nevadas! A veces, un cielo de estrellas cubría sus noches y un sueño de metal fraguado dibujaba una línea infinita. ¡Esquirlas de su piel, de sus huesos y de su alma se habían fundido en el intento de no sucumbir ante la adversidad! Lo había logrado y era su único bien.
La sombra de las moras entretejidas escoltando el camino le recordó el túnel sombrío de la infancia. ¡Su infancia sin caricias, sin palabras y moretones en el cuerpo! ¡Su niñez de lápices gastados y ruidos en el estómago que se colaban por los agujeros de las zapatillas! ¡Su inocencia perdida y la sombra de una mano gigantesca sobre su boca!
Sobre las quintas de antaño que solían teñir de verde los campos, se levantaban barrios cerrados con muros inaccesibles y jardines florecidos. ¡Los unos y los otros! Ella siempre había pertenecido a «los otros», a los indeseables, a los invisibles. Por suerte, algunas huertas habían sobrevivido a la invasión de «los unos». De repente el ómnibus frenó con el movimiento de un látigo. Se sacudió el polvo de la ropa y cruzó hacia la escuela. ¡Su escuela! Estaba igual, quizás pintada de otro color. ¡Cuánto había llorado en las galerías escondiéndose de los rostros burlones de sus compañeras que la evitaban como si tuviera una enfermedad contagiosa! ¡Cuántas pesadillas con sus cánticos malvados! El temblor le recorrió el cuerpo cuando el gran salón se desplegó ante ella. Desde las puertas que daban a la galería, decenas de ojos la escudriñaban y tras los árboles del patio, voces infantiles le recordaron sus miedos. Quiso salir corriendo como antaño. Todo parecía hundirse cuando un eco lejano la revivió, creyó escuchar la risa de su maestra, la que solía iluminar el caos y el hambre de su corazón.
Recordó cuando aquella mañana, su voz había sonado preocupada durante el primer recreo.
— ¿Qué te pasó en el brazo, Clarita?
—Me caí de la bici, señorita Iris.
—La semana pasada me dijiste que te habías caído del caballo. Dame tu cuaderno. Mañana tiene que venir tu mamá sin falta. Debes mostrarle la nota.
—Ella no vendrá. Tiene los ojos como las moras —respondió con naturalidad. ¡Nunca olvidaría los brazos tibios de su maestra rodeando su cuerpo!
La joven cerró los ojos, inhaló hondo y evocó aquel momento. Se acomodó en la sala de espera. Los nervios la consumían. Algunos rostros que trataba de identificar competían por el cargo. Ansiaba ese trabajo como la vida misma pero su peor enemiga estaba agazapada en su interior. Había superado obstáculos externos pero su alma quebrada aún estaba allí, deseando ser sanada. Fue la última en llegar y en ser llamada. ¡Maldito ómnibus, una carreta hubiera sido más rápida!
Esperó un tiempo interminable hasta que una voz dijo que tomara asiento frente al escritorio. ¡Todo cambió en ese instante! El recuerdo de una mano suave sobre su cabeza acudió a su memoria. ¡Ese ser mágico estaba frente a ella! ¡Ese faro que le había hablado con dulzura y obsequiado crayones con brillitos para mitigar la vergüenza de su pobreza! Ese ángel sin alas que había comprendido la magnitud de su tragedia.
—Hace poco que se ha graduado —comentó la directora—. ¡Muy buenas calificaciones! ¿Por qué estudió magisterio?
La joven suspiró con una sonrisa. Las emociones se condensaron en castillos con puentes colgantes que debía cruzar una vez más.
— Por mi maestra. Ella me dio confianza, creyó en mí y me señaló el camino.
—¿En qué escuela? —preguntó con interés mientras se detenía en el rostro de la joven.
—¡En esta escuela! —exclamó con los ojos aguados y la voz entrecortada.
La directora abrió el legajo, leyó unos instantes y se levantó sorprendida; caminó hacia ella con lentitud y la abrazó con la tibieza de otros tiempos.
— ¿Clarita Cuello? ¡Mi querida niña! ¡Tanto tiempo! —. Sonó la campana. Le tomó las manos emocionada y exclamó—: ¡Qué orgullo! ¡El mejor promedio de la promoción! ¡Felicitaciones! ¿Tienes experiencia?
—No. Es mi primer trabajo.
—Siempre hay una primera vez. Esta será la tuya. ¿Estás preparada? Los alumnos están esperando. Clarita Cuello asintió con la cabeza, se secó las lágrimas y caminó junto a su maestra, la que pintó su niñez desteñida con estrellas y cuentos ilustrados. La que dibujaba «Excelente», con letras grandes, a sus tareas grises de lápices apretados






5 comentarios. Dejar nuevo
Me encanto el cuento!
Muy emotivo el tratamiento del tema
Gracias por tu comentario. Un abrazo.
Me conmovió la manera de expresar tanta angustia encerrada en ese cuerpo que busca fuerza en sus cicatrices. Gracias
Gracias a vos por leerlo y por tu comentario tan sentido. Abrazos.