Entré al viejo almacén de objetos perdidos. No había cambiado a pesar de los modernos edificios construidos a su alrededor. ¿Qué buscaba? Quizás aquellos años vividos cuando la muerte era una silueta indefinida y la vida se devoraba como un mango jugoso en la playa. Sonreí por la ocurrencia, aunque encerrara una preocupación existencial.
Tras el mostrador, un anciano arrinconado por los años me explicó con cierto temblor en la voz que esa clase de pérdidas no se pueden recuperar en las circunstancias actuales. Tal vez en un futuro no tan lejano podría existir un artilugio o invento tecnológico que borrara el pasado y lo convirtiera en un presente para volver a vivirlo. Lo miré con un interés esperanzador.
¡Era el mismo hombrecito sabio que tenía una respuesta para cada pregunta! Parecía suspendido en el tiempo, tan añejo como los sortilegios, tan inmutable como la eternidad. Toda su generación ya había partido a mejores mundos, pero él seguía entre sombras y ánimas como en las épocas que acompañaba a mi abuelo.
—¿Se le ofrece algo más, aparte de los años vividos? —preguntó complacido ante mi anhelo metafísico.
—Sí. Estoy buscando una foto antigua, pequeña, que representa una parte del pasado y siempre la guardaba en mi billetera.
—¿Podría darme algún detalle más?
—En ella había un muchacho de dieciocho años, mirada bondadosa, labios atractivos y líneas varoniles —respondí retratando a uno de los hombres que más había amado.
El vendedor esbozó una sonrisa carcomida por el tiempo y se dirigió a un armario como si supiera de quién le estaba hablando. Abrió un cajón herrumbrado con su cuerpo doblado. Demoró solo unos instantes en volver con su hallazgo.
—¿Cómo la perdió?
Me sorprendió la pregunta. Era como si hurgara con su dedo en la llaga, en esa herida que se abrió cuando una mano sigilosa se deslizó en mi cartera, robándome la billetera. No había dinero, pero sí, una foto, la única de mi padre que yo atesoraba.
—Hace tiempo. Ya no importa cuándo ni cómo.
—¿Por qué la atesoraba? ¿Acaso no tenía otra?
Lo miré de forma inquisidora, clavando mis ojos en los suyos. Mientras el anciano parecía leer mi mente, evoqué aquel rostro amado impreso en papel amarillo, cuando el futuro se agolpaba con fuerza en su mirada. ¡sus ojos vibraban pensando en los años por vivir y su boca saboreaba el amor! ¡Quizás, el primer amor!
—Era la única foto a esa edad —respondí—. ¡Fue una pérdida dolorosa! Ninguna otra pudo sustituirla.
«¡No tan dolorosa como el día que mi padre murió!» pensé.
Aquella mañana de otoño, estaba sentada en la sala de espera de la clínica, con la mirada insomne a través del ventanal, en vigilia, con los apuntes de Derecho Penal sobre la mesita, cuando mi madre se paró frente a mí y me dijo: tu padre acaba de morir. Hacía días que estábamos allí, resignadas, porque el desenlace se aproximaba. Abracé a mi madre «Ahora descansa en paz» le murmuré al oído.
¡Mi padre muerto! La idea se me hacía imposible de mensurar. Una bandada de aves pasó rozando las copas de los árboles sin hojas. La muerte se llevaba mis días de niña, cuando él desenredaba mi pelo con infinita paciencia para que no llorara. Con mi padre se iban mis días de adolescente rebelde cuestionando sus principios éticos y religiosos, aquellos que me había inculcado con el ejemplo y la palabra. Sólo la adultez y la ausencia definitiva me hicieron comprender cada instante de su noble vida.
Mientras el mundo se desbarrancaba ante mis ojos y los recuerdos se abalanzaban en mi mente, alguien me preguntó si autorizaba la donación de órganos para la investigación científica.
—Sí, por supuesto. A mi padre le hubiera gustado contribuir con la ciencia— respondí con una extraña convicción. ¡Jamás se lo había preguntado ni él había dejado disposición alguna al respecto. Firmé la autorización mientras se lo llevaban en una camilla cubierto por una sábana blanca hacia el subsuelo. Deseé correr y decirle todo lo que no le había transmitido en vida pero no lo hice. Con él partían sus secretos, sus frustraciones, su vocación docente, su cultura como una enciclopedia gigante y sus treinta años de abogado.
Caminé por la sala sin rumbo. Podría teorizar sobre el poder devastador e igualador de la muerte. Tal vez podría citar poetas y filósofos versados sobre el tema. Quizás escribir poemas y lucirme en una clase frente a mis alumnos. Pero no lo haría. En ese instante, en que la camilla ingresaba al ascensor, la única imagen era la de mi padre sonriendo con esfuerzo en aquella mañana fría de junio, su abrazo final como un arrebato consciente de su partida y su último deseo, el que siempre silenció y que ese día se escurrió débil por la comisura de sus labios « No voy a estar para cuando te recibas. Me hubiera gustado verte. Si tan sólo hubieras empezado antes» Fue lo último que me dijo.
¡Tantas veces me lo había propuesto y me había negado!
El anciano puso sobre el mostrador una foto, rasgada en un extremo y manchada en algunas partes, pero pude reconocerla de inmediato…
—¡Esta es! ¡Qué coincidencia! ¡Increíble! Parece un milagro. ¿Cuánto es?
—Llévela nomás. Se la regalo.
—De ninguna manera. Le agradezco, pero…
—Estuve esperándola durante muchos años —interrumpió—. Pensé que moriría sin cumplir con el encargo. ¿Por qué cree usted que he guardado este retazo de papel amarillo como un tesoro?
—No lo sé —contesté intrigada.
—¿Por qué no vino antes?
—La di por perdida. Pensé que era irrecuperable. ¡Tan fugaz como la vida! De repente, por casualidad, doblé en la esquina y vi este viejo almacén al que venía con mi abuelo, donde los objetos perdidos volvían por arte de magia. Mi padre decía que un túnel misterioso los hacía aparecer. ¡Siempre creí que era un lugar embrujado! ¿Cómo la encontró?
—Hace un tiempo ya, no recuerdo bien, este muchacho, tal cual se ve en la foto, vino una noche y me contó su versión casi poética: La vi flotando, tan desamparada que lloraba, mimetizada con el paisaje, atapada en un remolino de hojas una tarde de viento, entre los árboles desnudos del otoño, sin que nadie la salvara. La redimí del olvido y de su destino incierto. Me rogó que la guardara porque un día su hija vendría a buscarla.
Miré al anciano y pensé que estaba delirando o inventando una historia para mí. O tal vez sufría de los males de la edad.
—¿Qué extraño que mi padre la haya encontrado después de muerto? ¿No le parece?
—Para nada. Los secretos del más allá son incomprensibles.
Recordé porqué ese almacén me inspiraba tanto miedo de niña y evitaba caminar sola por esa calle. Un hálito de muerte lo envolvía. ¿Quizás el anciano fuera un espectro o un enviado del cielo?
—La llevo. Le agradezco que la haya conservado.
—Su padre me lo pidió. Insistió que se la entregara aunque estuviera deteriorada, porque usted sabría reconstruir lo que faltaba.
¡Solo mi padre podría haber dicho eso! ¡Solo él sabía de mis intentos por reconstruir el tiempo y reparar los agujeros olvidados de mi vida! ¡Tantas veces se lo había murmurado en su tumba, con un ramo de margaritas, esperando un perdón inaudible y una caricia invisible! Guardé con esmero la foto en un sobre y la puse en mi bolso. En ese instante, recogí un fragmento perdido, el que faltaba para cerrar ciclos y continuar en el arduo viaje de existir. Ese día, mi padre me había enviado una señal de alma en pena. ¿Ahora descansaría en paz?
Cuando levanté la vista para saludar al anciano, ya no estaba. Había desaparecido como una sombra fantasmal.
Con los latidos acelerados dentro de mí, el lugar se tornó oscuro. Con un temblor en mis manos, cerré la puerta del almacén de objetos perdidos. Una bruma densa me esperaba afuera y la forma de los edificios se desdibujaban entre la noche y la llovizna, que acechaban.






9 comentarios. Dejar nuevo
Me maravilló
Gracias. Publicaré nuevos cuentos y valoro tu participación
Excelente.descripcion de lo mágico que uno espera de lavida
Gracias. Espera más cuentos que te sorprendan.
Relato Interesante.
*Eres mi refugio…..y aún así sueño con huir.
Me resultó muy interesante tu cuento, espero más publicaciones
Gracias. Pronto publicaré otros cuentos
Después de releerlo, me encantó el final.
Muy emocionante.me encanto