¡No era una mañana más en Buenos Aires! Una multitud clamaba justicia y un halo de resurrección coronaba a los vivos y muertos mientras una primavera tardía relucía en los rostros enmarcados de una sociedad herida. ¡Tan herida como yo! Me abrí paso entre las sonrisas de aquella juventud desaparecida, cincelada a fuego y sangre, deseando reconocer a alguien. ¿Cuántos años tendrían si hubieran sobrevivido?
Por un instante, la foto de una joven me resultó familiar. ¡La nariz recta, los labios y el color del cabello! Los ojos me confundieron ¡Nunca se los había visto en el escaso tiempo en que nuestras vidas se cruzaron! Diez minutos en un metro cuadrado. Un punto en la intersección de dos coordenadas. La coincidencia de un tiempo y un espacio que cambió mi existencia para siempre. Quise alcanzar a la mujer que llevaba el estandarte pero desapareció entre ese amasijo de brazos, retratos y canticos.
Tras ocho años de exilio regresaba a mi patria como un soldado sin glorias, con derrotas sobre mi espalda y algunas batallas ganadas. ¡Ya no era la misma! ¡Era una mujer ataviada de dolores agazapados y vivencias enterradas en la distancia, con otros rostros, entre paisajes y lenguas que me recordaban el desarraigo y un sentimiento de pérdida sin balanza ni metro para medirlo. Una circunstancia vital que había significado despedirme de todo lo amado. ¿Las razones por las que retornaba? Eran varias. ¡Tantas voces me interpelaban! ¡Tantas imágenes explotaban en mi cabeza! Necesitaba sanar y contar mi historia.
Ingresé a la sede de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas mientras las letanías del horror «Con vida los llevaron, con vida los queremos» me señalaron que era una sobreviviente con una cruz sobre los hombros. ¡Una partícula en esa procesión del vía crucis! La pasión, muerte y resurrección de tantos condenados sin juicio. ¡Solo ansiaba que el suplicio de mi generación sirviera para reconstruir la nación!
Encendí un cigarrillo mientras esperaba mi turno en una sala. Los recuerdos me habían acosado durante largos años. Creía ver gente que ya no estaba; imágenes que emergían del subconsciente como la punta de un iceberg. ¡Cómo anhelaba cerrar el pasado con candados y arrojar las llaves al Río de la Plata, en cuyo lecho dormían para siempre los ajusticiados sin causas! ¡Cómo aspiraba a realizar mi propia catarsis!
La voz del secretario me rescató de mis cavilaciones. Frente a él, me senté y recorrí con la mirada la habitación de expedientes apilados, deteniéndome en la foto de la pared: El Presidente Alfonsín y el escritor Ernesto Sábato estrechaban sus manos. Pude escuchar el silencio reverencial que los subsumía en la magnitud de la tragedia. La mirada concisa de ambos penetró en cada intersticio de mi memoria. ¡Nuevos tiempos se avecinaban! ¡Eran días de resurrección!
—Tome asiento, por favor. Mi asistente labrará un acta con los hechos que usted relate. Su declaración será parte de las pruebas presentadas en futuros procesos judiciales. ¿Desea continuar?
—Por supuesto. Es mi obligación. Acabo de llegar de España para realizar la denuncia.
No quise ahondar en el largo proceso de reconstrucción que significaba estar sentada allí, en ese momento, a punto de narrar hechos aberrantes que habían dejado heridas insondables. No quise mencionar las pesadillas, los años de terapia, ni mis dificultades de socialización. En términos psicoanalíticos, parte de mi subconsciente había aflorado y estaba en condiciones de mirar de frente el pasado.
Escuché atenta la lectura:
Acta número 1550. En la ciudad de Buenos Aires, a los diez días del mes de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro, Trinidad Gaona, argentina, mayor de edad, de profesión abogada, con residencia actual en Madrid, España, se presenta ante esta Comisión y declara lo siguiente: El 16 de abril de 1976, por la madrugada, tres hombres armados entraron a su casa que compartía con dos compañeras de estudio en la ciudad de Córdoba. Luego la trasladaron al Departamento de Informaciones N° 2 de la Policía de la Provincia (D2) que funcionaba en el Cabildo histórico.
Se deja constancia de las circunstancias de tiempo y lugar de los hechos denunciados por la comisión del presunto delito de Privación ilegítima de la libertad seguida de tortura y violencia sexual. La víctima dice:
Me arrojaron a un espacio hacinado de personas y olor nauseabundo. Con el cuerpo martirizado por los golpes, fui parte de un coro de lamentos sin rostro ni identidad. Comencé a temblar de frío y de miedo. La venda se corrió levemente y miré con disimulo a mi alrededor. A mi lado, una joven había comenzado con trabajo de parto. Con esfuerzo, giró su cabeza hacia mí y murmuró con disimulo « soy Viviana Recalde y mi padre está destinado en el Batallón 141. Que le digan que me vieron aquí con destino a la Perla y que al bebé se lo darán a un tal Sosa de la escuela de suboficiales»
Escuchamos pasos que se acercaban. Su voz era casi inaudible pero logró decirme: ¿Cuál es tu nombre y a quién podemos contactar en el caso de que alguien salga vivo? Dudé unos segundos pero respondí presa del pánico, ahogándome con la sangre que fluía de mi boca.
La puerta se abrió de golpe. Dos hombres se llevaron a Viviana y otros dos me levantaron de los brazos y me arrastraron por un pasillo. ¡El corredor de la muerte hacia el patíbulo! pensé en ese instante.
Desnuda, me ataron en una camilla de pies y manos.
— ¿Así que trabajas en las villas con los curas tercermundistas? ¿Conoces a Federico Hendler? —interrogó quien daba las órdenes, apodado Lucifer.
Mi primo Federico, Secretario del Centro de Estudiantes de Ingeniería, hacía meses que no estaba en la Argentina. Se había ido cuando la triple A lo amenazó de muerte. Y sí. Trabajaba con los curas en las villas dando apoyo escolar a los niños. ¿Por esa razón estaba siendo torturada? ¿Dónde estaba Dios misericordioso?
Tabicada en la pared, con las manos en cruz, se podía olfatear el pánico que brotaba por cada célula de mi ser. ¿Qué culpas estaba expiando con mi suplicio? ¿A qué mundo salvaría con mi crucifixión? Giré la cabeza hacia todos lados buscando una luz entre tanta oscuridad y comencé a rezar ¡Una oración para la redención eterna! ¡Un ruego que perdonara mis pecados! Lucifer me quitó la venda y con su lengua áspera por mi cara hizo un chasquido saboreando la sangre seca.
Solo recuerdo que apretó mi cuello hasta ahogarme y dijo en tono amenazante: « Quiero verte y que me mires. Tenés suerte porque me estás volviendo loco. ¡Qué ojazos, perra maldita!»
No emití queja ni ruego. Sostuve la mirada sin quitar la vista de mi torturador. Observé cada rasgo, cada marca y una cicatriz. En su brazo, un tatuaje. ¡La esvástica nazi! Su rostro era hermoso. ¡Comprendí el porqué del sobrenombre!
El ruido de los manifestantes y el de las máquinas de escribir eran intensos a esa hora del día. La expresión del secretario denotaba cierta emoción controlada. El ventilador ya no refrescaba ni nadie olvidaría el horror.
«La patria se nos muere de tristeza y el corazón del hombre se hace añicos, antes aún que explote la vergüenza. Usted preguntará por qué cantamos. Cantamos porque el río está sonando y cuando suena el río, suena el río. Cantamos porque el cruel no tiene nombre y en cambio tiene nombre su destino»[1]
La canción sonaba en alguna oficina. La asistente, con los ojos enrojecidos, dejó caer una lágrima sobre el papel.
— ¿Cómo logró salir de la D2, conocida por la extrema crueldad de las patotas que operaban allí?
— Mi padre recibió una llamada anónima que informaba sobre mi paradero. Presentó un hábeas corpus que no prosperó. Finalmente, usó su última carta. Se presentó ante el Arzobispo con quien tenía una amistad desde la juventud y rogó por mi vida. Lo último que mi padre escuchó fue una orden del eclesiástico a su secretario: Comuníqueme urgente con el Comandante.
Esa mañana de marzo, supe que era la única sobreviviente de la D2. ¡Viviana me había salvado! ¿Cómo? Era factible suponerlo pero en tiempos que la vida de miles se escurría hacia el inframundo, cualquier intento resultaba un acto heroico. Una nueva oportunidad con poder transformador. No podía ignorar el mandato histórico ni mi reparación espiritual. ¡Una generación estaba bajo tierra o en el fondo de los lagos, ríos y mares.
— ¿Cuando recuperó su libertad pudo contactarse con el padre de Viviana?
—Mi padre lo hizo. Pudo hablar con él.
Ya no tenía dudas que la joven de la foto era ella. ¡Tantas veces creí que mi ayuda había sido un puente para salvarla! Era doloroso comprobar lo contrario.
— ¿Está dispuesta a reconocer a su torturador, el sargento Sergio Kaufman, apodado «Lucifer» y ratificar todo lo dicho? Su testimonio puede ser una bisagra en el juicio.
—Lo estoy. Quiero preservar la memoria, que se conozca la verdad y se haga justicia. En lo personal, significaría reconstruir fragmentos de mi vida y terminar de cicatrizar heridas para continuar…Estoy en condiciones de mirar su cara y decirle que cometió dos errores: Sacarme la venda y no haberme matado. ¡Qué ironía! Sonreí. Como verá, persigo un interés colectivo y otro, particular.
Era casi el mediodía. Deseaba hallar a la mujer con el rostro de Viviana. La vi de espaldas, con un pañuelo blanco y una niña tomada de la mano. ¿Acaso la habían recuperado? ¡Una sensación de sosiego y sanación me tranquilizó! Sentí que el sol me reconocía, y que nuestros muertos querían que cantemos y que venciéramos la derrota. Los versos del poeta acariciaron mi alma. Corrí para alcanzarla antes que tomara el colectivo que se aproximaba por la avenida.
— ¿Es la mamá de Viviana Recalde? —grité sin fuerzas.
- Sí. ¿Acaso la conoció?
Me arrojé a sus brazos y besé a la pequeña. La razón y la intuición nos hicieron comprender el significado del encuentro. Ya tendríamos tiempo para conversar. Caminamos en silencio, abrazadas como si nos conociéramos mientras la procesión se iba diluyendo. Tres sombras se proyectaban en el pavimento y un ángel redimido, con los ojos vendados, tras nuestro.
[1] Benedetti, Mario. Canción Por Qué Cantamos.






10 comentarios. Dejar nuevo
Felicitaciones Mercedes por este intimo y conmovedor relato que con una exquisita prosa es capaz de entregarnos un mensaje esperanzador en medio del horror de esa época aciaga.
Somos naciones hermanas con un dolor compartido.
Muchas gracias, María Inés. Somos naciones hermanas y lo que le pasa a una, le duele a la otra también. Tu comentario me inspira a continuar escribiendo. Un abrazo.
Me gustó el relato porque transmite la sensación de angustia y miedo atroz provocado por los represores a través de la narración de una de sus víctimas. Creo que la manera en que está relatado, conmociona y despierta el interés a medida que avanza la narración.
Gracias. Tu opinión es importante para mí y me estimula a seguir escribiendo. Un abrazo
Excelente narración
Gracias por haberlo leído. Un abrazo.
Mechi querida, acabo de leerte, con lágrimas por algunos párrafos. Me gusta muchísimo la calidez de tus palabras y lo vivido de tus metáforas. Me hago personaje en tus relatos, atravieso esos sentires en cada palabra. Gracias por compartirlo.
Hola Mercedes, hace pocos días que regresé de España, ahí se exilió una prima hermana, compartimos muchos recuerdos juveniles, la tristeza del exilió y el dolor de nuestros amigos desaparecidos. Tu cuento volvió a recordarme esos tiempos de terror. Hoy me duele mucho el presente, dónde no se quiere recordar y aceptar ese triste pasado, por eso temo que la historia se vuelva a repetir. Deseo felicitarte por tu trabajo, porque se hace presente el pasado. Felicitaciones y muchos cariños.
Muchas Gracias Elida por tus palabras tan sentidas. El dolor nos hermana, los recuerdos nos abrazan y la memoria debe prevalecer para honrar a los muertos y sobrevivientes. Si deseas puedes dejarme tu correo para estar en contactos y enviarte próximos relatos. Un abrazo fuerte. Mercedes
cachaferri@gmail.com