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El hallazgo

Etiquetas: El llamado de la sangre, Feminismo

Aún recuerdo con nitidez los detalles de aquel día. Caminaba por ese mundillo de reliquias exhibidas y de restos bares escondidos en las galerías y recovecos transfigurados de Güemes. ¡El San Telmo cordobés!
¡Me encantaba deambular por ese barrio que otrora fue de conventillos e inmigrantes, transformado ahora en un atractivo turístico. ¡Tantos misterios y leyendas se esconden entre sus adoquines! ¿Cuántas historias de aparecidos y fantasmas por los calicantos de la Cañada que se esfuman con la luz del sol han alimentado mis pesadillas y mi imaginación?
Aquella mañana, me atrapó esa dimensión fascinante que sobrevuela en las casas de antigüedades. Fui sorteando los maravillosos objetos y lámparas de bronce sobre mi cabeza, hasta que lo vi, escondido en un rincón, lleno de polvo, como un ave herida con sus alas rebatibles, como un ser despreciable condenado al olvido perpetuo.
Llamaron mi atención su pose estática en el tiempo y sus señales indescifrables. Un destello fugaz impactó repentinamente en mis ojos. Me alejé del rincón para captarlo desde otra perspectiva y un nuevo brillo se reflejó en él como si quisiera decirme algo. En ese instante comprendí que había encontrado una pieza única, enigmática, casi atávica con la cual entablaría una relación extraña. ¡Un deseo repentino se apoderó de mí! ¡Debía poseerlo antes de que alguien me lo quitara de las manos! ¡Estaba predestinado para mí o yo para él!
La dueña del relicario no quería venderlo. «¿Por qué una decisión tan absurda si está abandonado en un rincón?» pregunté. «No está a la venta». Ofrecí un buen precio. «Varios compradores me lo han devuelto y he perdido mucho dinero por los daños que ocasiona». Reí con desparpajo y bronca. «¿Por qué no inventa otra excusa?» «Está embrujado». Tanto insistí que conseguí mi objetivo a un precio muy elevado.
Restauré el marco de madera y limpié el cristal biselado. Por último, coloqué el espejo sobre la cómoda antigua de mi abuela, donde se guardaban las historias familiares y los relatos prohibidos. Me pareció que él iba sintiéndose a gusto entre las fotos de antaño, como si hubiera encontrado una parte extraviada de su existencia. Algo imperceptible coleteaba entre los límites del marco del roble tallado. ¿Algo capaz, quizás, de revelar todo lo oculto, los secretos enterrados, las sombras y luces que se esparcían en mi alma?
Al día siguiente de mi increíble hallazgo, me calcé el jean desgastado, las zapatillas todo terreno y recogí mi cabello cobrizo sin mayor cuidado. ¡Una cita inclaudicable me esperaba! ¡Los festejos por el aniversario del voto femenino! Hacía tiempo que caminaba en las marchas femeninas alzando la voz. «Ni una menos» se escuchaba cada vez más fuerte por las calles desde que el número de femicidios había aumentado.
Mientras me arreglaba frente a mi reciente adquisición, una rara sensación me atravesó. Percibí con asombro un aro y yo giraba en él, donde un punto intenso de tiempos encontrados se curvaba. ¿Acaso la cordura me estaba abandonando? ¿Quizás ese espejo estaba embrujado como decía la vendedora de antigüedades? De repente, mi imagen un poco más delgada y más joven, parada en algún punto del círculo que se cerraba, me sonrió con un halo de misterio.  ¿Quién era la otra?

Hacía calor esa mañana de noviembre de 1951 y las mujeres se movilizaban calladas pero entusiastas, desde las primeras horas, para votar por primera vez. Después de cincuenta años de lucha, la ley del sufragio femenino veía la luz. La historia había dado un giro difícil de mensurar. Acomodé la falda blanca ceñida al cuerpo y la blusa a lunares negros que tanto me gustaba, y abroché el collar de perlas que había sido de mi madre, una de las primeras luchadoras en un mundo dominado por hombres.
¡Era un día soleado! ¡Era el día de las mujeres vivas y muertas! ¡Era el día que coronaba la gesta femenina por la emancipación cívica! Sujeté mi cabello con dos prensas para que cayera ondulado a los costados, tomé mi reluciente libreta cívica de ciudadana recientemente empadronada y me dirigí a la puerta.
Antes de salir, un presentimiento me obligó a darme vuelta hacia el espejo sobre el mármol rosado. Por unos instantes, un destello me devolvió una imagen con un insólito pantalón ceñido al cuerpo, una blusa translúcida que insinuaba irreverente las formas, el pelo era un nido de ramas secas y un extraño objeto que iluminaba su mano y no dejaba de ulular como si fuera la sirena de una fábrica. En ese momento, mi hermana mayor, impaciente y de mal modo, abrió la puerta y dijo: «Apúrate. Se hace tarde. Vamos a votar, no a un baile». La visión tras el cristal se esfumó y salí corriendo de la habitación.

Fue un momento fugaz pero nítido, una dimensión desconocida me había capturado hasta que el espejo me devolvió a la realidad. Comprendí su misión y su hechizo. ¿Un encuentro de generaciones? Una señal que se filtraba por una hendija del tiempo . ¡La causa emancipadora era la misma! Un embrión de lucha se había desarrollado a través de los años. Supe con certeza que ese espejo era el nexo de la historia familiar y colectiva de las mujeres. Me había esperado durante siete décadas. 
Tomé mi celular nuevo, sin él me sentía una náufraga en el océano, perdida en un bosque espeso, desorientada en la selva urbana. Debía apurarme si quería llegar  a la marcha que conmemoraba los setenta y un años del voto femenino. La gesta de las mujeres me emocionaba profundamente, el padecimiento de todas ellas también. Pero allí estaba yo, la militante feminista, con las banderas contra la pared, arrinconada en una intersección cuyas coordenadas se superponían en forma misteriosa.
Miré perpleja a esa joven antigua, vestida con una falda blanca y el mismo collar de perlas que he atesorado en un cajón desde que mi madre lo puso en mis manos. ¿Quién sos? pregunté mientras la miraba con fijeza. ¿Quién soy yo? quise gritar pero la voz fue un ahogo. Un enigma revoloteó en el espejo ¿Es el pasado o el futuro que se vislumbraba?

Ella se acercó al cristal y prendió un cigarrillo arrojándome una aureola de humo. Fijó sus ojos verdes en las perlas y me habló  con un susurro de agua, desvaneciéndose en el círculo líquido del tiempo, cuando escuché otra vez la voz familiar: «Termina con tanto arreglo que se hace tarde. La radio dice que las elecciones ya comenzaron y hay miles de mujeres esperando». Tomé mi cartera , me calcé los guantes blancos y cerré la puerta de la habitación. Caminé junto a mi hermana con la misma ilusión que nos impulsaba: colocar por primera vez el voto en la urna.

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Soy Mercedes, profesora, abogada y escritora.
En este espacio comparto relatos donde el amor, la memoria, la lucha feminista y lo fantástico se entrelazan con fuerza. Escribo para rebelarme, para cuestionar lo establecido, para honrar las raíces y transformar, desde la palabra, aquello que aún nos duele o nos desafía.

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