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El portarretrato

Sobre el tocador de roble y mármol rosado, extraños arabescos de plata contorneaban en el filo del portarretrato. Misteriosas figuras, retorcidas y esculpidas con cincel, solían cobrar vida durante las noches y, con movimientos ondulantes, trataban de escapar de su encierro original y de su destino final.
Mi hermana menor y yo nos disputábamos el precioso objeto. ¿El motivo? No lo sabíamos, pero un sentimiento de posesión ancestral nos dominaba. Confinada en él, mi bisabuela, sentada sobre la cubierta de un barco a vapor como un pez satinado surgido de las profundidades del océano, sonreía impertérrita, sin que nada la intimidara, desde casi siempre. Ella era la heroína de la mitología familiar, la protagonista de peripecias épicas, la que había vencido monstruos marinos para llegar a tierras lejanas. Nos habíamos enfrentado a muerte dirimiendo a quién pertenecía ese ser perenne, capturada en aquella fotografía. El tiempo lo calculábamos por décadas, y la suma ya ocupaba nueve dedos de nuestras manos.
Desde pequeñas compartíamos la misma habitación. Ella, mi hermana, y yo. Conocía a mi bisabuela a la perfección de tanto medirnos con la mirada. Con sus ojos verdes me observaba desde su pasado remoto. A medida que iba creciendo, mi parecido con el retrato me acercaba a su espíritu escondido y su corazón latía con un tenue sonido.
Era una adolescente tratando de descifrar sus mensajes encriptados que se escapaban por la comisura de los labios. Habíamos entablado cierta relación armoniosa y ya casi no nos molestábamos. Mi hermana no podía disputarme el dominio y el conocimiento sobre la joven aprisionada. Yo era una experta y ella una aprendiz.
Mi madre solía pulir la plata con frecuencia mientras con los dedos acariciaba el rostro de esa criatura añeja, a quien solía molestarle esa demostración de afecto. Sí, yo había aprendido a conocerla, a introducirme en su psiquis y emociones. Sabía que se le crispaban los nervios y su expresión mutaba imperceptiblemente. No, no le gustaba que la tocaran.
Una noche, ya arropada en mi cama y bajo la luz suave de la lámpara, el objeto inanimado comenzó a cobrar una inusitada vivacidad. Las indescifrables figuras del marco huyeron de la agobiante realidad que las petrificaba y se fueron desplazando sobre la fría superficie rosada, adquiriendo una insólita volatilidad mientras se escondían en los rincones oscuros de la habitación. ¡Una advertencia! ¡Una señal de que algo atávico sucedería! ¿Cómo iba a sospecharlo? Fue en ese instante que la mano tersa de mi bisabuela, escapando de su entorno habitual, avanzó hacia mí como la garra de un felino y me arrastró hacia ella, a su prisión de papel amarillento.
De repente, me hallaba sobre la cubierta de un barco en alta mar, en el ojo negro de una tempestad. Casi imperceptible, como una frágil figura, rodando sobre un tonel de agua potable, delineada como un dibujo plano, observaba intrigada la escena. Mi bisabuela, sostenida por un hombre cuya mirada me resultó familiar, luchaba sujeta a una cuerda para no ser arrastrada por la fuerza descomunal de las olas.
Corrí hacia las entrañas de la embarcación, pero un mar sediento me succionó para emerger entre rostros desahuciados y en medio de lenguas desconocidas, hablando al mismo tiempo.

Dos semanas atrás, el navío había partido del puerto de Génova en un periplo sin retorno hacia la Argentina. Desde la cubierta me había despedido de mi patria con la ilusión intacta, junto a mi hermana y su esposo. ¡Solo tenía dieciocho años!
Una densa calma reinaba en el océano esa tarde. El capitán daba órdenes a la tripulación. Revisaron los mástiles, los botes y la sala de máquinas. Faltaban pocos minutos para que la tormenta se desatara. La negritud cubrió las aguas, la furia de Poseidón estalló sobre nosotros y su tridente se clavó en la proa.
En medio del caos y con los demonios rondando, logré atarme a una cuerda que pendía de un mástil caído para que las olas no me arrastraran. Un joven me sostenía con una fuerza de coloso mitológico. Me cubría con su cuerpo fibroso, me hablaba, pero yo no escuchaba. ¡Creo que fue en ese momento extremo entre la vida y la muerte que nos enamoramos!
Un ruido sordo estalló y algunas partes del barco cayeron sobre mi cuerpo. El muchacho rodó lejos de mí y se abrazó a un salvavidas que flotaba. Atrapada entre maderas como una pesadilla enmarcada, logré estirar mi mano en busca de ayuda, cuando sentí que alguien se aferraba a ella con vehemencia. Nunca supe quién me había rescatado de los escombros. Entre ellos, un sorprendente adminículo que sonaba intermitente, iluminando el rostro de una hermosa adolescente de ojos atigrados. ¡Tan parecida a mí! ¿Cómo había llegado a mí? ¿Acaso sería una señal del destino?
No tuve tiempo para dilucidar el misterio porque el mar se llevó el extraño aparato. ¿Una obra del demonio o una advertencia divina? Comencé a rezar, quizás mi última oración antes de que el océano me atrapara entre sus fauces. ¡Maldita tormenta! ¡Si llegábamos vivos a tierra sería un milagro!

El aroma a café recién hecho me alertó, podía oír la voz de mi madre en la cocina hablando con mi hermana. Debía apresurarme y llegar a la escuela a tiempo. Busqué infructuosamente mi celular entre las sábanas y no lo encontré. Un ruido sobre el piso captó mi atención. ¡Un caracol gigante! ¡De nácar coral! Nunca pude descifrar las circunstancias de su aparición, pero sabía que esa exótica criatura había habitado en algún tiempo las aguas cálidas del Caribe. Solo atiné a colocarlo con cuidado sobre el mármol rosado del tocador de roble que había pertenecido a mi bisabuela.
Levanté el portarretrato hecho añicos contra el piso. La foto se diluía en un charco de agua salada. ¡No, no era por la caída del florero! Era agua de mar. Acerqué el objeto marino a mi oído y el ruido de un océano embravecido me transportó a una experiencia ya vivida en alguna dimensión desconocida.
¡Qué extraño escenario en el que me hallaba! ¿Cómo explicar lo sucedido? No era un sueño. Tampoco mi desbordante imaginación. ¡Era el mismísimo portarretrato poseído por una fuerza sobrenatural! ¿Alguna maldición o brujería? ¡Un viaje por las capas del tiempo! ¿Quién me creería?
El irresistible aroma de la cocina, impregnada de café y pan recién horneado, me invitaba como todas las mañanas. Tomé el caracol y lo puse sobre la mesa.
—Es para vos —le dije a mi hermana.
—¿Cómo llegó hasta acá? —preguntó mi madre.
—No lo sé, pero es un regalo del mar y es muy antiguo. La foto de la bisabuela está deshecha. El agua del florero tiene la culpa —. Miré a mi hermana—. Ya no es tuya ni mía. Es de las dos. ¡Tengo una historia increíble que contarte! ¡Tan real como este caracol!
—¿Es de terror?
—Sí. Es de terror.
—¿Y la protagonista? ¿Quién es?
—¡Ya lo sabrás!

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1 comentario. Dejar nuevo

  • Elisa Mesquida
    octubre 6, 2025 9:28 am

    Hermoso, cautivante, fantástico con esa protagonista atrapada en terrible tormenta. Bisnieta que siente lo que ella vivió. Mágico relato!!!

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Soy Mercedes, profesora, abogada y escritora.
En este espacio comparto relatos donde el amor, la memoria, la lucha feminista y lo fantástico se entrelazan con fuerza. Escribo para rebelarme, para cuestionar lo establecido, para honrar las raíces y transformar, desde la palabra, aquello que aún nos duele o nos desafía.

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