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CAPÍTULO I
EL PODER DEL DESEO
Estancia “La Nueva Italia”
Provincia de Santa fe
Setiembre de 1910
La tarde en que Josefina, de tan sólo 15 años, entró al despacho de su padre y le dijo que estaba enamorada de un peón de la hacienda, Salvatore Portobello creyó que era objeto de una chanza y soltó una carcajada que resonó por los pasillos de la casa. ¿Por qué de repente la expresión de su padre se había tornado sombría?
— ¿Acaso es una broma de mal gusto o escuché mal?
—Escuchó bien. Vengo a pedir su autorización para ver a Florencio —Su padre la interrumpió con un gesto brusco.
— ¿De quién está hablando? ¿Autorización para qué?
Unas gotas frías de sudor se deslizaron por su piel como un presagio de los días y encuentros clandestinos que sobrevendrían. Un lado oscuro que ella desconocía brotó en su padre. ¡Siempre había sido la destinataria de sus halagos y demostraciones de ternura!. Era la primera vez que ese hombre capaz de cobijarla en sus brazos le hablaba en forma tan hostil.
—Florencio Arnoud, el peón que el capataz contrató hace tres meses para trabajar en el campo —murmuró con la mirada baja en señal de respeto—. Quiere verlo para pedir mi mano.
—¡Cuánta irreverencia! ¿Por qué no viene él? —Dio un golpe de puño en su escritorio—. ¿Quién es ese cobarde que necesita de interlocutores? —La sangre se le agolpó en la cabeza a punto de estallarle. Miró a su hija y añadió—: Lo mataré. Juro que lo mataré.
—Padre, por favor, cálmese. Hablemos un momento —imploró Josefina, preocupada por su salud. Las últimas semanas se había quejado de un dolor en el pecho que le impedía respirar pero se negaba ir al médico.
— Fuera ya mismo de este lugar antes que pierda los estribos y haga algo de lo que me arrepienta toda la vida.
¿Por qué no le había impuesto límites más precisos? ¡Era una consentida! Los márgenes parecían desdibujarse. ¿Tendría que levantar una muralla de piedras entre él y su hija para que volviera a su cauce?
La joven salió corriendo del despacho y se topó con su madre.
—¿Qué pasa Salvatore? ¿Por qué esos gritos? —Su instinto de madre presagiaba quizás el primer conflicto en la armonía de la relación filial.
—Regina, ahora no me preguntes nada. Cuando vuelva del campo, hablamos —respondió con un filo cortante en la voz. Antes de cerrar la puerta, ordenó —: Josefina tiene prohibido salir de su habitación hasta que yo hable con ella.
Josefina Portobello había llegado al mundo un 25 de mayo de 1895, doce años después del nacimiento de su hermana Sofía. Cuando sus padres pensaban que ya habían terminado con la época de los nacimientos y noches sin dormir, irrumpió en la vida familiar sin previo aviso e inauguró un tiempo que creían superado. Con 19 años de matrimonio y a la edad de treinta y siete, Regina De Mare, daba a luz a su cuarta hija. Desde el primer momento que la acunó, el padre supo que sería su talón de Aquiles, su flanco más vulnerable, el que lo dejaría expuesto, sin defensas, ante las inclemencias de la vida.
En el mismo barco que había zarpado del puerto de Génova desbordado de inmigrantes, Regina De Mare conoció a Salvatore Portobello. Cruzando el Atlántico se enamoró de la audacia que lo impulsaba a buscar horizontes ignotos y emprendió un viaje aún más temerario, unirse a un hombre que no conocía. Había desafiado a su hermana con quien viajaba y hubiera sido capaz de escaparse con él sin su autorización. La imagen de los dos en la proa de la embarcación de bandera italiana, con las gaviotas graznando sobre ellos, señal de que se aproximaban a tierra, estaba grabada a fuego en su memoria. Quizás, por esos recuerdos acuñados en algún lugar de sus emociones, podía mensurar y comprender los sentimientos de su hija.
El futuro de Josefina no era un asunto librado al azar ni de la casualidad; tampoco lo había sido el de sus hermanas. Estaba diseñado con precisión como las piezas de un engranaje.
Sentimientos de índoles diversas se desataban en el hogar. El fluir natural de la vida era para Salvatore un escollo difícil de salvar; constituía un asunto ríspido que se instalaba en las discusiones con su esposa quien tenía una visión más romántica sobre el destino de su hija. Un cúmulo de razones esgrimidas se interponía entre ellos, socavando los cimientos de una relación consolidada por los años.
«El tiempo dirá. Se casará con un hombre que pueda acreditar su hombría y un destino promisor» ¿Una fórmula para evadir lo inexorable? Regina, con el instinto materno azuzado por las discrepancias, intuía que el tiempo no diría nada y que la hora había llegado.
—No voy a casarme con alguien que no ame. Fueron las últimas palabras de Josefina. ¿Acaso su padre no había llegado a la Argentina más pobre que Florencio? ¿Acaso las mujeres eran trofeos de guerra o presas de caza?
—No seas ingrata. Tu padre no es un tirano. ¡Tienes quince años!
— ¡Y mis hermanas! Las tres muy bien casadas. Cargos jerárquicos, mansiones, campos, ¿pero, son felices?
Salvatore salió de la casa dispuesto a actuar con la velocidad que requería la situación. No, no olvidaba sus orígenes humildes de inmigrante pero no inmolaría a Josefina depositando su vida en manos de un desconocido. ¡Mucha agua bajo el puente había pasado desde aquel momento en que sus pies pisaron tierra en el fin del mundo! Juventud, instinto de sobrevivencia y conocer a Regina fueron su principal riqueza, ese capital inherente que no lo abandonaría en el ambicioso proyecto de no naufragar en su propia miseria. ¡Cuánto trabajo en el campo hasta convertirlo en un próspero negocio! Cosechas perdidas, quebranto económico y la naturaleza adversa lo habían fortalecido. ¡No le dejaría todo servido a ese aventurero!
Salvatore dio un portazo y concluyó la conversación con Josefina en forma abrupta. Llegó a la zona de trabajo y llamó a su capataz.
—Julián, venga urgente.
—A la orden, patrón.
—A ese mocito, un tal Florencio Arnaud que trabaja en el sector de los animales, me lo despide hoy mismo. ¿Entendió?
— Pero, patrón, el muchacho es un buen trabajador.
— No discuta mis órdenes, dije hoy mismo y es hoy mismo.
Julián se retiró a sus tareas habituales, moviendo la cabeza mientras murmuraba por lo bajo cuando el joven lo saludó con la mano. Esperaría hasta más tarde para darle la noticia.
El trajín a esa hora del día era intenso. Algunas mujeres dedicadas al ordeñe preparaban los quesos que envolvían en lienzos blancos. Luego los estacionaban en los sótanos cuyo frescor garantizaba la conservación. Otras se encargaban de cocinar para la peonada y de la limpieza de las áreas de trabajo.
Los hombres realizaban las tareas más rudas bajo las órdenes del capataz, que trabajaba con Salvatore desde su llegada a esas tierras. Su experiencia en el manejo del campo había sido una ayuda vital en los comienzos del joven inmigrante. Era la persona de su mayor confianza.
La prosperidad de “La Nueva Italia” se calculaba en miles de cabezas de ganado esparcidas en las zonas de pastoreo y cientos de hectáreas fértiles con trigo y maíz. La adquisición del primer arado y la cosechadora de remolque para tiro animal fueron innovaciones significativas en la producción de ese complejo agrícola ganadero que iba extendiéndose con la adquisición de nuevas tierras. El progreso tecnológico se respiraba en los campos de Salvatore Portobello y su rentabilidad le permitía diversificar el negocio en forma exponencial.
— ¿Qué pasa Julián que andas hablando solo? —preguntó Hortensia, la mujer que trabajaba en la casona principal.
—Parece que Don Salvatore se enteró del amorío del Florencio con la niña Josefina.
—Con razón tanto griterío en el despacho. El patrón salió como una centella y doña Regina está encerrada en el dormitorio con su hija.
— ¡Virgen Santísima! Tan buen muchacho. Voló muy alto el gavilán.
—Eso le pasa ´por arrastrarle el ala a la hija del patrón.
—Tengo la orden de despedirlo —acotó Julián con un tono de amargura.
—Es mejor que se vaya por el bien de todos. Si se queda, don Salvatore lo mata —farfulló la mujer.
—Eso le dije pero no me escuchó.
Los encuentros amorosos estaban en boca de toda la peonada. Al atardecer, una vez finalizada la jornada, el joven con ropa limpia se encaminaba hacia los sembrados y Josefina, con el pretexto de cabalgar se dirigía hacia el mismo lugar. El poder del deseo había conquistado su cuerpo inexperto. ¡Ya no podía pensar en las consecuencias de sus actos! ¡Imposible explicar ese sentimiento que dominaba su mente y que la quemaba como los campos secos en otoño! Llamaradas de pasión la consumían y solo se apagaban con los besos de Florencio y el peso de su cuerpo sobre ella.
La tragedia que devastó a la familia de Salvatore Portobello comenzó después de las vacaciones en la Capital Federal. Los festejos de los quince años de Josefina y las celebraciones patrias por el centenario del 25 de mayo fueron un punto de inflexión y un recodo en la vida de la joven.
Dos días después de haber llegado de la gran ciudad, mientras paseaba sobre Aquiles por los trigales de la hacienda, se topó con un muchacho a quien casi atropelló. El caballo detuvo su marcha de golpe. Los relinchos del animal atrajeron a Ulises, su ovejero alemán, que en unos minutos atacó al desconocido mientras el caballo daba coces y profería relinchos.
— ¡Quieto Aquiles! ¡Basta Ulises! ¿Quién es Ud.? ¿Qué hace en el campo de mi padre?
—Trabajo aquí desde hace una semana.
— ¿Cómo se llama?
—Florencio Arnoud, señorita.
Supo desde el primer momento que se encontraba ante la hija del patrón. El parecido con la madre era notable. La larga cabellera rubia enredada por el viento y los ojos claros denunciaban el vínculo. La había visto una tarde galopar en ese hermoso ejemplar azabache cerca del arroyo y le preguntó al capataz: «¿Quién es, Julián?» «La patroncita, m´hijo. No te acerques porque don Salvatore te mata» le había contestado el buen hombre.
—Soy Josefina. Tenga cuidado por dónde anda. No quisiera matarlo con mi caballo o que mi ovejero lo destroce —dijo en forma displicente.
—Vaya con cuidado —Saludó con un movimiento de cabeza mientras se sacaba la boina. Sonrió con sarcasmo. ¡Qué altanera la mocosa! Ya se encargaría de bajarla del pedestal.
Josefina ajustó las riendas de su caballo azuzándolo con energía. Aquiles apuró el paso. Con las mejillas como granadas, experimentó un escalofrío ardiente cuando el muchacho la miró con sus ojos celestes. Había quedado prendada de su figura esbelta y la piel tostada por el sol. Se apeó de Aquiles, acomodó sus cabellos enmarañados antes de entrar a la sala y limpió sus botines sobre la alfombra del ingreso. No quería provocar la ira de su madre. Sacudió su vestido de las hierbas adheridas a él, subió corriendo a su dormitorio y trabó la puerta. Cerró los ojos; la imagen de Florencio apareció nítida. Un primer suspiro, vibrante e inédito la sorprendió. ¿Por qué la sangre se le agolpaba en su vientre y un líquido tibio humedecía su entrepierna? ¿Quién era ese muchacho que casi había atropellado en los trigales?
A la mañana siguiente, se levantó temprano y desayunó con Hortensia. Se colocó su delantal de artista sobre el vestido con cintas de raso; salió de la casa munida de pinceles y bastidores, dispuesta a introducirse en las áreas de trabajo, a las que su padre consideraba peligrosas y poco dignas para una señorita.
Por primera vez plasmaría en sus lienzos las actividades cotidianas de la hacienda. ¡Basta de las flores del jardín, paisajes bucólicos de la llanura y los rostros de sus padres! Infinitos dibujos de Aquiles y Ulises dormían en los cajones de su escritorio, retratados desde pequeños hasta la adultez.
Deseaba observar la vida desde afuera de la casa. Detenerse en las expresiones de los trabajadores, en el movimiento de los animales y en un propósito oculto que la impulsaba: descubrir desde varias perspectivas a un hombre, a Florencio Arnoud, el destinatario de su insomnio, el peón que la había hecho vibrar la tarde anterior.
Escenas campestres captadas con óleos se sucedieron durante semanas. Entre miradas furtivas, movimientos esquivos y suspiros sofocados había pintado durante horas con el anhelo de capturarlo, de enmarcarlo en su memoria para siempre. Aspiraba con ansias inmortalizar al único ser que osaba rechazarla. Hasta que un atardecer, una explosión de sensaciones estalló frente a ella cuando lo vio cortando la leña y los troncos no ofrecían resistencia a su fuerza. Necesitaba apropiarse de esa escena y esclarecer el estremecimiento que se deslizaba por los recónditos lugares de su cuerpo. Apresurada, antes de que se diluyera el instante, preparó la paleta con sus colores preferidos, los sienas tostados. El momento había aparecido de la nada, como un obsequio a los sentidos.
Florencio se movía con destreza y los músculos de sus brazos se marcaban con nitidez. El rostro concentrado en asestar el golpe preciso con el hacha era un desafío pictórico. Trazó el bosquejo, las proporciones del cuerpo vigoroso, el gesto de guerrero y el entorno difuso a lo lejos.
El muchacho advirtió la secuencia de las acciones pero decidió ignorarlas. Era un hombre experimentado en relaciones con mujeres honestas y otras, no tanto. Asiduo visitante de burdeles a lo largo de los caminos que transitaba, le resultaba estimulante el interés de la joven. Intentaba mantenerse alejado de su presencia, dispuesta a provocarlo con su audacia.
¡No soportaba la monotonía y le gustaba la aventura! Desde pequeña solía desaparecer entre la vegetación hablando con seres imaginarios. A veces, se encerraba en su habitación leyendo cuentos de brujas y duendes que después recreaba. Le gustaba esconderse tras la lectura o entre la naturaleza. A medida que fue creciendo se convirtió en una joven curiosa que deseaba ser amada.
Una mañana, entró al establo a buscar su caballo. Florencio distribuía la alfalfa en los comederos. Ella lo miró de reojo, él desvió la mirada. Su olor, una mezcla de tabaco, tierra y sudor, la atrajo sin que acertara a definir qué clase de sensación la invadía. Con cautela, se acercó a él como si fuera una zona de posible derrumbe.
—Florencio, ¿por qué me evitas? —le susurró con ternura.
— ¿Y usted, señorita, por qué me provoca? ¿Acaso no se da cuenta quién lleva la peor parte en este juego? ¿Quiere saber lo que es tratar con un hombre de verdad? —Su temperamento hosco afloró de repente.
Ella no respondió; una lágrima se escurrió intentando comprender la magnitud del desprecio que le profería. Él la olfateó sin sutileza, reaccionando al instinto más primigenio. La apoyó contra la pared, le levantó los brazos tomándola de las muñecas y hundió su rostro en el cuello femenino. Los labios entreabiertos de Josefina eran una incitación exquisita y un temblor le recorrió el cuerpo. La fragancia que emanaba de su cabello lo fue mareando como un alucinógeno. La envolvió con su cuerpo forjado por el trabajo; la devoró a besos, sin dilaciones, con lujuria y furia contenida. No se atrevió avanzar más. Su vida corría un grave riesgo si alguien los descubría. Josefina era una celada irresistible ¿Cómo evitarla? ¿Por qué se sentía víctima de ese deseo exacerbado?
A partir de ese momento, los encuentros se sucedieron con frecuencia. Josefina se debatía en una lucha interna: su pasión hacia Florencio y el respeto a su padre. Ambos eran incompatibles. Una dicotomía irreductible. Su familia jamás aprobaría esa relación espuria signada por la diferencia de clases.
Cuando percibió que las palabras no resolverían los obstáculos, decidió desafiar las órdenes paternas. Se entregó en todas sus dimensiones de mujer al primer hombre que le había arrancado suspiros y gemidos incomprensibles para su edad. Durante meses, los sembradíos fueron el refugio que los ocultaba de las prohibiciones. La tierra húmeda, el lecho donde se hacían promesas inciertas y languidecían de pasión. La lluvia, el baño reparador después del amor. La brisa del campo los transportaba a nubes de tormenta y de fuego.





