Cierro el libro bajo el manto de estrellas. He devorado las Crónicas marcianas, el relato más perturbador que haya leído, el más extravagante de todos los tiempos. Estoy sentada en el jardín como todas las noches cálidas de verano, observando las sombras y el contorno de los árboles, mientras pienso en las conquistas, invasiones y exterminio de cualquier especie que se hayan perpetrado y las que podrían acontecer, ignorando que la desaparición del planeta Tierra es cuestión de días, tal vez.
Una señal onírica anuncia el cataclismo durante mi sueño inquieto. La luna llena se ha tornado una mueca extraña y las estrellas han comenzado a desplazarse en un caos cósmico. Algunas, en dirección a mi jardín como un avión a punto de estrellarse, se agigantan a gran velocidad. El equilibrio del universo parece peligrar.
Al advertir la magnitud de la catástrofe, intento correr hacia el interior de la casa, pero ya no puedo levantarme; he sido privada de toda movilidad. Quiero gritar, pero la voz se ahoga en mi garganta.
Sin movimiento ni palabras que me auxilien, soy testigo de la última noche del mundo y protagonista de mi último sueño, cuando una esplendorosa lluvia de estrellas cae sobre mí; al comienzo parece un juego, un festejo con fuegos artificiales. Luego, todo lo que me rodea comienza a arder, incluso yo misma. ¿Una ofrenda milenaria a los dioses o una condenada en una hoguera medieval, expiando las culpas de la humanidad? Solo un sobreviviente queda intacto sobre el suelo devastado: un libro cerrado, las «Crónicas marcianas».
¡Cuántas veces escuché sobre profecías antiguas! ¡El apocalipsis, la llegada del fin del mundo y el veredicto divino! Jamás me asustaron las predicciones desde los púlpitos de las iglesias. Tampoco las profecías mesiánicas. Soy escéptica, agnóstica y atea. El castigo de los dioses no me intimida, pero todas las revelaciones adquieren un significado relevante cuando el fuego me abraza con sus llamaradas.
Abro los ojos como sonámbula, miro por la ventana y la vida sigue su curso normal. Absorbo como arena seca el café bien cargado para olvidar la absurda pesadilla. Busco en los cajones mi libro inconcluso, la novela que no puedo terminar a pesar de las presiones de la editorial, porque después de días de inspiración sobreviene el bloqueo, esa temible hoja en blanco como un desierto que no da frutos ni flores. ¡Ese monstruo en el laberinto que acecha y devora a los escritores!
El sueño ha surtido efecto. Hace días que escribo sin detenerme, casi no como ni duermo. Sé que el tiempo que resta puede ser exiguo. Los personajes han mutado en su forma y espíritu; se burlan de mí, se han vuelto desafiantes y perversos; ya no me obedecen y hacen lo que quieren. ¡Son sobrevivientes!
La trama se contorsiona y no puedo controlarla. He perdido el dominio sobre mi obra y soy su esclava. El espacio se ha vuelto una esfera hueca sin rumbo y el tiempo ya no existe.
—¿Qué escribes después de tanto tiempo? —pregunta mi hija con interés.
—Termino mi último libro. Creo que será el único sobreviviente.
—¿De qué estás hablando?
—¿Qué harías si supieras que esta es la última noche en el mundo?
—Nada especial. Tomaría una copa del mejor vino. ¿Por qué me preguntas? ¿Vos también soñaste lo mismo? —Ríe divertida— ¡Por favor, mamá, los sueños, sueños son!
—Parece una señal. Quizás otros también la hayan recibido.
—Deberías agregar «eso» en tu libro. ¿Y vos qué harías?
—¿Acaso no me ves? Termino mi novela. Ya no es romántica. Se volvió distópica, futurista y de terror. ¡Un verdadero engendro! ¿Me servirías una copa del merlot que me regalaste? Estoy en la última página.
Mientras sirve el vino y corta el queso gruyere, admiro su figura esbelta, la cabellera ondulada y su inteligencia. ¡Dos estrellas la acompañan: una vida hermosa y un futuro promisor! Con delicadeza, coloca las copas sobre la mesa y un monosílabo corona días de escritura alocada. Víctima de un trastorno obsesivo tan compulsivo como inspirador y antes de sorber el primer trago, escribo «Fin». Sonrío satisfecha. Envío el Word a la editorial para su corrección e imprimo las doscientas páginas; las guardo en un sobre y escribo «El último sueño».
La noche está apacible y templada. En el jardín, el vino, los quesos y las risas conspiran en una noche perfecta. Confesiones y secretos filiales se deslizan, tornando la velada más íntima y cálida. ¡Es un momento de armonía y equilibrio! ¿La paz antes de la muerte? ¿La calma antes de la tempestad?
Observamos el cielo con los ojos entornados y las cabezas apoyadas en el respaldar de las reposeras. La luna se oculta tras una nube, las constelaciones cambian su posición. Nos miramos sin preocuparnos, el vino ha hecho su efecto. Abrimos otra botella de merlot y continuamos la charla.
—¿Cuánto hace que no conversamos tanto? ¿Podríamos hacer un viaje juntas? —comenta mi hija mientras busca paquetes promocionales a Europa en su celular.
—Podríamos ir adonde nacieron las primeras civilizaciones. Sería una aventura por los comienzos de la humanidad. ¡Una especie de camino circular! ¡Como el viaje del héroe!
—Bajá las expectativas, mamá. Estoy buscando un vuelo económico ida y vuelta a Madrid en una low cost. Después allá vemos. ¿De qué viaje del héroe me estás hablando? ¡Soy analista de sistema, no literata!
—No me subo a ninguna low cost y menos para cruzar el Atlántico.
—¡Sos insoportable! Me voy. Mañana me conecto temprano. Tengo una reunión a las siete.
Son sus últimas palabras. No advertimos que una lluvia de estrellas caerá en el jardín, sobre nosotras; al comienzo parece un juego, un festejo con fuegos artificiales. Intentamos correr, pero ya es tarde. Todo lo que nos rodea comienza a arder, incluso nosotras mismas. Un solo objeto queda intacto: un sobre cerrado con doscientas páginas impresas y un título en letras grandes y negras.
El último sueño

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Soy Mercedes, profesora, abogada y escritora.
En este espacio comparto relatos donde el amor, la memoria, la lucha feminista y lo fantástico se entrelazan con fuerza. Escribo para rebelarme, para cuestionar lo establecido, para honrar las raíces y transformar, desde la palabra, aquello que aún nos duele o nos desafía.




